martes, 20 de julio de 2010

La escultura urbana

La escultura en Latinoamérica durante el siglo XIX se caracterizó por el descenso en su calidad artística, debido a la introducción de los cánones neoclásicos.

POR IRMA DE LUJÁN

Este estilo trajo consigo el Kitsch, que juntos acabaron por perderse en su misma magnitud.

El Art Noveau, el Neoclásico y el Kitsch van juntos, como le definiríamos, como lo pasado, pero no tanto, lo “demodé”, pero selecto, tiene algo de barroco y todo de lo cursi.

El Art Noveau y lo Kitsch son sinónimos de lo pedante, lo pedestre y lo vulgar, peligrosamente extravagante como Gaudí, Wilde o Gabriel Rossetti; también es lo banal que puede perder su banalidad con el tiempo, como Coello, Spota o Julio Iglesias; así que es cosa de tiempo, como la momificación, el disparate de hoy, tal vez sea prudencia del futuro.

Durante el siglo XIX, la escultura neoclásica invadió el urbanismo latinoamericano, también los cementerios, con el fin de perpetuar la memoria de los fallecidos. Debemos destacar dos elementos en el estilo Art Noveau y Neoclásico; estos son lo Kitsch y la escasa libertad en la elección de los motivos, por parte de los escultores.

La escultura citadina venía a cubrir varias necesidades de los gobiernos, ayudaba a la “urbanización”, y era símbolo y lo sigue siendo “de adelanto cultural”. Promovía generales, a próceres, generales a caballo o pedestres, soldados coronados por glorias sacadas de un cartel, obras inútiles sobre fachadas de cemento.

Con justa razón, el arquitecto hizo a un lado este tipo de escultura. La obra kitsch que inundó a Latinoamérica fue potente. ¿Qué país no tiene sus columnas corintias, algunas chaparras coronadas por un héroe o un ángel? La ola kitsch fue implacable, así como el Neoclasicismo y el Art Noveau.

Los grandes pensadores del siglo XVII, con el afán de la vuelta a la moral o a la pureza primitiva; El paraíso perdido, de Milton, buscó la “belleza ideal”; ya mistificado, lo utilizó el pintor Luis David (1748-1825), primera reacción importante ante el Barroco. Este pintor, congelado y pétreo, fue el pintor servil de Napoleón y creador indiscutible de la pintura neoclásica.

En Guatemala hay pocos ejemplos de esta pintura. En nombre del Neoclásico se perdió infinidad de magníficas obras barrocas. Como sucede con dictadores, todos quieren crear su propio estilo. En sus inicios, Napoleón adoptó el neoclásico, y después creó el suyo. Lo mismo quiso hacer Ubico, creador de venerables obras kitsch, que se pierden en su propio estilo; admirador de lo exagerado, de lo cursi, de lo kitsch, omnipresente, fetiche colosal, varita mágica de la ignorancia de la arquitectura de su tiempo...

De México a la Patagonia empiezan a surgir columnas y obeliscos, surgieron como hongos; brotaron los obeliscos, abarrocados algunos, pero todos con el sello de lo cursi. La elegancia del obelisco se quedó perdida en el espacio; el obelisco, creación perfecta de la arquitectura egipcia, su belleza radica en su pureza y elegancia.

Los romanos cuajaron Roma con estos; se les perdona porque realizaron obras maravillosas, sobre todo Bernini, años más tarde. Napoleón escogió para París ejemplos perfectos de estos, que lucen airosos en la Plaza de la Concordia, lugar escogido para colocar La guillotina. Tanto y tan importante es lo kitsch que me aterra la sentencia de Carlos Fuentes: “Negar lo kitsch es una manera de empobrecernos. Asimilarlo puede ser un tesoro potencial que debe ser descubierto como un género... pues tener solo historia es vivir fuera de ella”. Para continuar nuestra historia citadina, ya tenemos un obelisco.

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