domingo, 22 de agosto de 2010

Barcelona: Gaudí y su inquietante universo personal



Los Andes Online
domingo, 22 de agosto de 2010

Antes de conocer España guardaba en mis recuerdos imágenes provenientes de diferentes fuentes artísticas. Así me había acercado a la desmesura en las escenas del Quijote de la Mancha, a los sufrientes martirios en la pintura barroca, a la pasión y fantasía en la obra de Goya, al fragor y derroche artístico de Picasso. Pero también a la adhesión por lo patético, la sangre y la muerte en una corrida de toros.

Todo ese color que tiñe al arte español, lo fui corroborando a medida que empezaba a conocer sus ciudades. Esas imágenes, intrínsecamente españolas, se reafirman a través del cine, ya sea con Saura y su despliegue emocional o con el inconfundible y estentóreo estilo de Almodóvar. Todo ello conforma lo que podríamos llamar la idiosincrasia española.

Llegué a Barcelona alentada por conocer los testimonios de su historia y de su presente. Ciudad pujante, que se encuentra entre las principales ciudades del mundo por los atractivos que ofrece al turista, por su ayer y por su hoy. Barcelona tiene, artísticamente, dos perfiles sobresalientes: uno es el Barrio Gótico que nos invita a caminar por sus estrechas calles, cruzadas en lo alto por puentes o pasadizos, recorriendo los rincones que genera la arquitectura tan particularmente religiosa y que proyecta al hombre a otros tiempos en donde la fe era el eje y motor de la vida y el arte y así lo vemos, por ejemplo, en su catedral.

Adentrándose pausadamente por la ciudad aparecen las ramblas, típica postal bulliciosa, colorida, vistosa que nos guía a la bella plaza Cataluña y, más allá, al museo Picasso y a tantos otros sitios de interés.

El otro perfil único, singular, está dado por la sorprendente arquitectura de Antoni Gaudí (1852-1926). Este arquitecto catalán representa un fenómeno aislado y desconcertante dentro de lo que, hasta ese momento, se consideraban los principios básicos de la arquitectura. Su obra más conocida es la Sagrada Familia, inconclusa, en donde revive las condiciones espirituales del gótico y su simbolismo místico religioso, siendo uno de los aspectos más destacados la adherencia, en su superficie, de formas naturales, herbóreas, de un naturalismo vigorosamente vivo.

Este creador llegó más allá de lo convencional porque se aventuró por la senda que le indicaba que todo arte procede de la naturaleza. Sus obras recrean las formas del mundo que nos rodea: vegetales, mundo animal, piedras trabajadas por el mar, grutas, agua, cielo, seres fantásticos con sus particulares pieles, escamas, rugosidades provenientes de un inquietante universo personal.

Desde la ventana del hotel tuve la primera experiencia visual cercana: la azotea del palacio Güell con sus extrañas chimeneas. Presencias que me acompañaron durante mi estadía en la ciudad. Así empecé a buscarlo. Por el Paseo de Gracia llegué hasta la Casa Batlló (1905-07). Varios pisos componen su fachada tapizada por cristales rotos de múltiples colores y de aspecto acuoso. La superficie está salpicada por brillantes formas como gotas de agua que, al recibir el sol, destella con iridiscencia, con el predominio de azules y verdes. Como el mar.

Consta de ventanas ovaladas rodeada por piedras cortadas cual formas óseas, balcones con antifaces o máscaras, rematando en la cima con un volumétrico cuerpo extraño de animal sin cabeza ni cola, con escamas de pez y con una cresta o espinazo de cerámica que va del amarillo al azul y al verde. Como el agua del mar cercano. Inmediatamente somos remitidos a una referencia zoomórfica, prehistórica, de un ser antidiluviano.

Es un "organismo" plástico, fue mi primera percepción. E, inmediatamente la pregunta: ¿dónde empieza la arquitectura, la escultura, la pintura con límites tan imprecisos, si parecen haber surgido todas al mismo tiempo? Incentivada por esta experiencia prosigo por Paseo de Gracia hasta la casa Milá (1905-10), comúnmente llamada La Pedrera. La fachada es una colosal escultura formada por enormes bloques de piedra labrada.

Es un modelo geológico que recuerda a algún acantilado. Parece una escultura yacente, inmóvil pero inquieta a la vez por la forma ondulada de sus pisos, como si la viéramos a través de las olas, bajo el agua, sumergida en el mar próximo.

Se encuentra en una esquina y desde enfrente o en su vereda, vemos un espacio en expansión, de una fuerza interior y que explota hacia afuera. Mirando a lo alto, las curvas se expanden en un crecimiento orgánico del cual brotan vegetales y ramas, hechas en hierro forjado: son las rejas de los balcones.

Su terraza está habitada por cuasi fantasmas o monstruos como robots, o guerreros con yelmos o como máquinas de muerte o como inmensos totems. Es como si se hubiera sentido el advenimiento de una catástrofe inminente que se avecinaba como fue la Primera Guerra Mundial.

Al irme y volver la mirada hacia atrás esa fuerte presencia me mostró su intensa materialidad carnal. Así fui percibiendo a un Gaudí que creó con sus cinco sentidos, que amó la luz, el color, los sonidos, los olores, las formas que acarició, modeló y formó en cada una de sus creaciones.

Y fui al Parque Güell, realizado sobre un terreno irregular de grandes desniveles y también suaves pendientes y curvas. Desde su cima se observa la ciudad y el mar.

La entrada está flanqueada por dos pabellones de intenso cromatismo donde la cerámica, picada en pedacitos, refleja la luz y el brillo. Una doble escalinata flanquea a una especie de dragón o lagarto gigante, agazapado, que mira al visitante. Se llega a una especie de mercado o gran espacio con 86 columnas, siendo las periféricas inclinadas hacia adentro.

Toda la cubierta es la base de una gran plaza que se encuentra arriba, con un viboreante, sinuoso asiento multicolor, ininterrumpido, cual si fuese la cola de un ser que no está. A partir de ahí se empieza a transitar sobre un organismo vivo, sobre un organismo artístico.

A medida que se asciende aparecen galerías con paredes y columnas inclinadas desafiando a la ley de la gravedad; árboles de piedra a la vera de caminos y que nos va incitando a compartir sueños, fábulas, magia.

También recordé allí a algunas escenas de una película alemana, realizada hacia 1920, de Robert Wiene, llamada El gabinete del Dr. Caligari, con decorados distorsionados y ambientes con ángulos imposibles, realizada posteriormente en este parque.

Fui reafirmando la percepción de que todo lo que está inerte, está vivo y que todo ha tenido un crecimiento natural. Se siente una fuerte experiencia emocional.

Esta audacia creativa se enfatiza en otra obra, inconclusa, que se encuentra a 16 km. de Barcelona y que es Sta. Coloma de Cervelló.(1908-14). Esta iglesia, de la cual sólo alcanzó a erigir la cripta, se encuentra dentro de un bosque de pinos en una accidentada topografía. La arquitectura y la naturaleza se fusionan visualmente ya que utilizó piedras del lugar que se mimetizan con la corteza de los árboles; también trabajó con diversos colores como el del basalto, cemento, hierro, esmaltes, vidrios coloreados.

Lo que iba a ser la futura iglesia está soportada por columnas inclinadas que semejan palmeras movidas por el viento y en su interior han sido rudamente devastadas provocando la sensación de una fuerte inestabilidad visual e inquietud. Desde lejos parece un cuerpo que reposa en medio de los árboles observándonos a través de sus raros ojos, párpados y bocas, labios, que son sus ventanas, con similitudes biológicas.

Varias veces volví a fotografiar esos macro y micro organismos, esas policromáticas y extrañas criaturas que habitan el suelo catalán. Todas las veces que dejaba atrás la arquitectura de Gaudí he sentido intensas miradas que me han hecho volver el rostro y, por segundos, he llegado a percibir que esas raras presencias me observaban desde la frialdad del material.

Aún hoy a la distancia, temporal y espacial, sigo recordándolas y he llegado a soñar con ellas: y lo más perturbador es que esa vida animal, humana, vegetal, adherida o exenta, comienza a desprenderse de su lugar y todos ellos, empiezan a andar, a alejarse buscando su hábitat natural para siempre. En el sueño vivo con cierta angustia esa partida de aquellos que, al fin, van en busca de su libertad. Y cuando despierto siento el alivio de que todo fue un sueño: Gaudí sigue intacto a través de sus creaciones. Su obra sigue intacta.

Así conviví con la aventura, con la audacia, con la singularidad y, por qué no: con el desparpajo y la excentricidad de un creador. Se dice que ver es una excusa para recordar. Puedo agregar que desde acá, tan lejos, recuerdo su obra como si estuviera dialogando con esos organismos unitarios, complejos, sensibles, con ésas, sus turbadoras criaturas. Iris Juárez -Artista plástica mendocina- Especial para Turismo

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