lunes, 8 de noviembre de 2010

El bosque petrificado

La nave central de la Sagrada Família ha ganado carta de naturaleza como nuevo icono barcelonés
Llàtzer Moix
La nueva postal de Barcelona es un bosque petrificado. No nos referimos a un enorme depósito de fósiles vegetales, como el del territorio apache de Arizona, escenario de tantos westerns; ni a la película de Archie Mayo con Howard, Davis y Bogart. Nos referimos a una construcción que sigue avanzando entrado el siglo XXI, al impresionante bosque de columnas arbóreas que sostiene la bóveda de la nave central de la Sagrada Família. Hasta ahora, uno pensaba en la Sagrada Família proyectada por Gaudí y visualizaba la silueta de sus esbeltas torres campanario, rematadas por pináculos cerámicos de colorido frutal, que un día empequeñecerán al lado de la torre de Jesucristo, el previsto cimborrio de más de 170 metros. Pero tras la retransmisión televisiva de ayer, que llegó a decenas de millones de personas en todo el mundo, la Sagrada Família se recordará también por la imagen de su bosque de piedra; por las docenas de columnas de basalto, granito, arenisca o pórfido que con diámetros de hasta más de dos metros se alzan para formar sus nudos, a unos 15 metros del suelo; por las ramas que parten de esos nudos en dirección hacia la bóveda, revestida de mosaicos rosa y oro, 30 metros más arriba, trasunto de las copas que techan todo bosque.

Esta estructura de inequívocos acentos naturales rivaliza ya con la sala hipóstila del Park Güell como gran columnata gaudiniana. Carece de la fuerza primigenia de las columnas por desbastar de la cripta de la colonia Güell, pero las supera en inventiva y sofisticación geométrica. Sin duda, es el elemento más icónico y espectacular de la nave central de la Sagrada Família. Entre sus muros, como en todas las catedrales cuya construcción se demora durante siglos, conviven lenguajes de diversa procedencia y brillo: desde acentos jujolianos en los retorcidos pasamanos de las tribunas bajas, o en las airosas escaleras helicoidales que flanquean la fachada de la Gloria en su cara interior, hasta cerramientos de inspiración gótica en los que, a la postre, resuenan ecos de las construcciones Exin Castillos; desde el festín polícromo propiciado por los vitrales que bañan el interior con una luz submarina, de atmósfera similar a la lograda con los frescos del patio de luces de la Pedrera, hasta la palidez ósea de no pocos elementos constructivos y los excesivamente aristados perfiles de determinadas esculturas.

Detalles aparte, esta nave compleja como la naturaleza misma, tan alejada de la desnudez sobria y esencial de Santa Maria del Mar, ha ganado carta de naturaleza como nuevo icono barcelonés. Los dos millones largos de turistas que la visitan anualmente eran ya conscientes de ello. Ahora lo saben también las decenas de millones de espectadores de todo el planeta que ayer descubrieron, vía televisión, este bosque petrificado.

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