lunes, 13 de diciembre de 2010

La Sagrada Familia, en vivo y en directo

AGUSTÍ FANCELLI 11/12/2010

Dos familias de barceloneses todavía bajo los efectos alucinatorios de las imágenes retransmitidas por TV-3 del interior de la Sagrada Familia, cuando la visitó el 7 de noviembre Benedicto XVI, procedíamos el día de la Purísima a contrastar esas imágenes con la realidad, dispuestos si hacía falta a revisar años de descreimiento sobre la continuación de la obra. Torres más altas han caído. Una de las familias era la de un servidor, la otra la del arquitecto y buen amigo Josep Llinàs, amante de la obra modernista en general y de la de Josep Maria Jujol, estrecho colaborador de Gaudí, en particular.

"El verdadero Gaudí es el que se descontrola y se descompone hasta lo líquido por putrefacción"

Primera constatación: la realidad es cara. Doce euros la entrada de adultos, 10 la de menores (sin guía; de pagarla, son 16 euros del ala, 14 los menores). Como todo extra, nos permitimos subir en ascensor (que no subir y bajar: la tarifa aumenta) a una de las torres de la fachada del Nacimiento: 2,50 euros más por barba. Total por familia de cuatro miembros: 41,50 euros. Aparte de sagrada, la familia es cara. Y si le añades el aperitivo en una de las terrazas frente al templo, entonces ya no es tu familia, sino la que mantiene el sueldo de un controlador aéreo...

La percepción cambia mucho si entras al templo por Mallorca, como hicieron el Papa y las cámaras, o lo haces por Sardenya, la entrada habitual de los turistas -pocos extranjeros, mayoría de españoles-, bajo la disuasoria mirada de las figuras esculpidas por Subirachs en la fachada de la Pasión (ahí no hay pacto ni revisión que valga: son horrendas y lo seguirán siendo, por mucha tele que las saque).

El interior es un flash. Se imponen las columnas estriadas que apoyan como telones sobre el suelo, las ramificaciones superiores y la luz cenital que, derramándose desde los óculos, tan buenos efectos suministró a la retransmisión. Pero en directo esa luminosidad resulta excesiva, de plató, sin misterio, nada gaudiniana (falta por colocar vidrieras, es cierto). La sensación es la misma que tienes cuando las cámaras captan una función de ópera a la que asistes: la sobreiluminación mata al directo.

"Me parece todo demasiado depurado. El error está en no haberlo hecho más pessebre", opina Llinàs tras inspeccionar la nave. Conviene decir que, antes de la visita, el arquitecto ha estado esperando al grupo frente a la fachada del Nacimiento, la antigua. "Esas columnas [las ocho más próximas a Mallorca], por ejemplo. Son iguales. Gaudí nunca las habría repetido, estoy seguro de que las habría modificado durante la ejecución de la obra. Aquí se echa en falta el tiempo de la creación: se ha convertido en un proyecto acabado, en aplicación de principios preestablecidos".

"Detecto una voluntad de gustar que él no tenía. El verdadero Gaudí es el que se descontrola, se descompone por putrefacción hasta lo líquido, consciente de la provisionalidad de la carne. Todo eso lo vierte en la piedra para finalmente explicar la vida a la gente sencilla, mezclando todo tipo de elementos populares, sin rehuir el kitsch. Eso es emocionante y aquí lo echo en falta".

Recobramos la emoción subiendo (en ascensor) a una de las torres del Nacimiento y bajando (a pie) por otra. La calidez de la piedra licuándose sobre el vacío, la delicadeza de un trencadís que decora una junta escondida (¡Dios la ve!), la proximidad de las palomas blancas posadas sobre el ciprés que culmina la cueva de Belén, todo nos pone de buen humor.

Acabamos la visita en las escuelas. Ahí está la reproducción del estudio, según la fotografía tomada al poco de morir el artista. De la lámpara cuelga el farcellet con la cena que Gaudí ya no consumió: dos rebanadas de pan untadas con miel y un puñado de uvas pasas. La conversación nos lleva al misticismo de cierto arte catalán y por ahí llegamos a Tàpies.

"Él sí habría acabado bien la fachada de la Glòria. Las nubes de hierro forjado, como las de La Pedrera, que Gaudí previó colocar por encima del arco de entrada, me recuerdan mucho al Núvol i cadira de la Fundación Tàpies".

1 comentario:

  1. Yo sólo sé que cada vez que, de joven, veía una obra de Gaudí por primera vez, sentía una sensación rarísima que nunca volvía a experimentar. Al entrar por primera vez en esa enorme cueva helada de árboles petrificados sentí de nuevo esa extraña sensación.

    ResponderEliminar